
El Alma (Lengua de Trapo) de Javier Moreno (Murcia, 1972) está hecha de materiales dispares. Y las células que componen esta especie de texto narrativo no saben de orden ni concierto. Son citas, reflexiones, conjeturas o presentimientos concatenados sin puntos y aparte, y sin más estructura aparente ni lógica que la que deviene del pensamiento.
Su tejido, como el de todas las almas, es caótico. Pero no por desordenado resulta desacertado. Esta especie de "novela", a la que no le gustan las tramas, se sigue. Y la sucesión de cuerpos microscópicos que la conforman resultan en un tejido que es creíble, y que funciona.
El discurso de Moreno no es original por desestructurado. Ni por pretender un sistema o intentar su contrario. No hay demasiadas pretensiones. Lo que importa en este caso es la sustancia de las reflexiones. El poso poético que dejan las ocurrencias cotidianas, los absurdos periódicos que se relatan en sus 130 páginas. El acento en lo minúsculo pero no insignificante. El gusto por "la belleza y/o fealdad anodina de las cosas" en las que, como en los dibujos orientales con tinta china, no hay acontecimientos ni "nada destacable".
Como dice el narrador, "lo importante es seguir el ritmo y no desafinar". Y comprender que "cada cambio de página es como si la vida hubiese concedido una nueva oportunidad".
Lo importante no es pues, tanto la forma sino el fondo, cuando la forma aparece natural, desvestida, sin artificios. Y cuando, como consecuencia, se logra experimentar con el lenguaje sin llegar a retorcerlo.
El reto es rescatar lo oculto sin hacer caer al lector en el aburrimiento. Revelar las elipsis, el material que a menudo se desecha para construir una historia que en ocasiones resulta más falsa que ficticia.
Por eso en Alma, la escritura, que parece brotar del automatismo, permite al lector asistir incluso a la gestación de los llamados "personajes" de la obra: María, una modelo fracasada, y Eduardo, un tipo corriente que vive en un estudio diminuto con mobiliario cien por cien Ikea.
Moreno destapa así los entresijos de su laboratorio literario y abre, como en el resto de la obra, su alma literaria para dinamitar los cimientos de la ficción en la que vivimos instalados.
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